¿Vas a esperar a que amaine la tormenta?
Cuando llegue la sequía,
cuando las aguas se calmen,
tendrás tú que buscarme.
Tiritando todavía después de tanto frío,
habrás de ser tú el que hable conmigo,
reconociendo que el problema no era mío.
Cuando despiertes del sueño profundo,
del silencio en que has caído,
y te duelan un poquito los aguijones del hambre,
podrás desenterrarme de donde me hayas metido.
Si vuelves a mirarme con los ojos de antes,
nunca más deslumbrados por las luces del cielo,
si me escuchas,
oídos de nuevo abiertos tras el fragor de los truenos
entenderé que no todo se ha perdido.
Me metió en una guerra ajena
sin trincheras dónde resguardarme.
Me salpicó la sangre.
Ahora has de venir tú a sacarme,
ojalá lograras limpiarme
de la sal que en mí volcaste
con el agua derramada
en el dolor y el combate.
Me entregaste al enemigo
sin intentar salvarme.
Por comprar algo de paz
decidiste desterrarme.
¿Qué harás, cuando la tormenta amaine...?