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acordes y canciones

buscando puertas y pisando charcos

26 diciembre 2003

HISTORIAS NAVIDEÑAS 

En días pasados, como suele ocurrir por estas fechas, llegaron hasta mí historias delirantes que bien merecen ser contadas, aunque sea de forma anecdótica:
Estando mi madre en el supermercado del pueblo, uno de tantos chiquititos que tratan de sobrevivir entre grandes almacenes, se apagaron las luces. La gente, parada con sus carritos a medio llenar o a punto de explotar, esperó, quieta, en los oscuros pasillos forrados de comida, mas no tuvieron demasiada paciencia. Los encargados del supermercado, sin saber muy bien qué había ocurrido, fueron invitándoles a salir, muy amablemente, dirigiéndolos con linternas y velitas. Habían llamado a la compañía, pero tras hacerles esperar un buen rato -hay que enriquecer a Telefónica como buena obra del día- no les dijeron más que vaguedades. Mi madre, más paciente, pidió que la dejaran quedarse, suponiendo que la luz volvería enseguida, y como es muy mona pues hicieron una excepción y allá se sentó con las cajeras, el carnicero, el pescadero...Mientras tanto, yo tomaba un café, también a oscuras, pero bastante más entretenida, incluso resultaba agradable beber y charlar con la niña de cristal sin la luz cutre de las lámparas dañándonos los ojos. Cuando me enteré del cautiverio de mi madre, fui para allá, para, al menos, hacerla compañía...y es que llevaba hora y media, mirando el reloj cada minuto, y sin ninguna novedad. Cuando llegué, los encargados se estaban empezando a preocupar, porque sin electricidad, está visto que no somos nada ni nadie...y con los congeladores parados, muchos alimentos iban a estropearse. Me encontré con una situación muy divertida, con las cajeras sentadas encima de las cajas, otros dándose sustos, otros palpando las baldas para ubicarse...una cajera decí­a tener mucho frío, y se quejaba de tener que estar con la maldita faldita en pleno invierno...otra la proponía encender la calefacción, olvidando de nuevo que no somos nadie con velas. Viendo que la luz no parecía estar al caer, el encargado decidió que lo mejor era que cogiéramos lo imprescindible del carrito y nos lo cobrara "a la antigua",con papel y lápiz, ya que tampoco funcionaban las cajas registradoras. Como no habí­a manera de identificar los códigos de barras, tuvimos que recorrer a tientas el supermercado buscando los productos que queríamos llevarnos, mirando los precios en los estantes, y haciendo la cuenta de cabeza ¡qué esfuerzo, dios mí­o! Yo conseguí­ colar polvorones y turrón entre lo imprescindible...estaba todo el mundo muy divertido, charlando en corros...los carniceros abrazados, mirando por la cristalera a la calle...Y es que lo único que seguía con luz en la zona, como era de suponer, era el Supercor, de EL Corte Inglés, porque son tan chulos que tienen un generador para ellos solitos. Cuando í­bamos a pagar las cuentas de la vieja, nos dimos cuenta de que no vaciando nuestros bolsillos reuníamos la cantidad necesaria, y claro está, las tarjetas de crédito tampoco funcionaban...Tras recorrerese medio pueblo y llegar a la zona no afectada por el apagón, mi amdre sacó dinero y volvió, mientras yo me quedaba observando a los personajillos que se entretenían y trataban de tomárselo con humor, ya que no podían marcharse a sus casas hasta la hora de cierre. Cuando por fin salimos, cargando con nuestros alimentos de primera necesidad, nos dimos cuenta de que las luces iban volviendo a aparecer...¡tras dos horas de espera! ¡Para que luego me digan que no soy gafe!
A los pocos días, cual si fuera un boy scout, a mi padre le mandaron a un curso de alta dirección, con el heroico lema de "Motivación y liderazgo", empazado en una especie de granja-escuela en la meseta castellana. La asistencia es obligatoria, ya que si no consideran que estás faltando al trabajo. Como en estos tiempos ya nadie quiere hablar, ni de amor ni de nada, pusieron a estos directivos en manos de unos marchosos monitores para que les organizaran jueguecitos y les diera un poco el aire tras tanta contaminación. Mi padre tiene 56 años. Pues tuvo que enfundarse en un mono de camuflaje porque la primera actividad para que estos cosmopolitas movieran el esqueleto era una guerra. Sí, en estos tiempos, qué mejor manera de motivar a la gente y enseñarles a trabajar en equipo que mandarles luchar con fiereza y orgullo...mientras fomente la competitividad cualquier actividad es buena y encomiable, ese parece ser el sermón de las empresas. Llegando aquí, ¿qué más podían hacer? Pues lanzarse flechas de pintura, corretear por un coto de caza, conquistar el fuerte enemigo, robar la bandera, defender al propio equipo, arrastrase por el suelo, esconderse tras matojos, dar palmitas...hacer el indio, volver a la infancia una vez más, pero obligados. El primero en caer fue mi padre, al que hirieron a traición en una costilla y en la espinilla, dejándole preciosamente decorado con pintura (creo que hasta el bigote)...Así transcurrieron unos maravillosos días campestres, imprescindibles para el buen funcionamiento del equipo y para la formación de estos pipiolos con tan sólo unos veinte o treinta años de experiencia...pero sin saber jugar a los indios, cualquier experiencia laboral pierde su valor...está claro que estas actividades extraescolares, importadas de países anglosajones, cada vez son más útiles para engrosar los currícula y para vaciar de ideas polí­ticamente incorrectas a quienes las tengan...porque después de dejarles sin aliento por las carreras, las construcciones de trenecitos y las luchas a campo abierto, es más fácil tener a estos directivos "cuyas opiniones tanto cuentan" calladitos y sumisos. Precioso mundo, mmmmmm....
Por último, aunque deje varias cosinas en el tintero, contar que al parecer, el mayor problema de los psiquiatras de Madrid parece ser el gran número de viejecitas solitarias, sin muchos intereses ni formación, que se agarran al juego para seguir viviendo y se vuelven ludópatas perdidas. El otro día vinieron a comer una pareja de viejecitos encantadores, un poco
locatis, pero siempre de buen humor, que con casi ochenta añitos se dedican a conducir sin carnet...eso sí, se quieren mucho. Pero como nada puede ser perfecto, resulta que lo que les amarga la vejez no es ni más ni menos que la compañí­a forzosa de otra viejecita de ochenta y cinco. Y es que hace unos cincuenta años, esta señora, sola en el mundo, entró a trabajar en casa de la pareja, como asistenta y no sé si cocinera...Tení por aquel entonces unos treinta años, con padre muerto en el frente en la guerra, madre muerta tras el parto, novio fugado e hija muerta de meningitis a los tres años de nacer. Sola, y sin ganas o fuerzas para remediar su soledad. Decidió que ya era muy vieja para salir, para conocer gente, y se encerró en la casa. Así han convivido mucho tiempo, pero tras medio siglo, la joven que se sentí­a vieja es vieja de verdad, con salud de hierro, pero gruñona con no lo con "sus señoritos", como ella les llama. Apenas puede ayudar en nada, aunque sigue recibiendo su sueldo, pero no quiere irse de la casa y mucho menos acabar en una residencia. Así que están dos viejecitos alegres soportando a una viejecita cascarrabias y cabezota que no les escucha y se queja todo el tiempo de que la atosigan, por ejemplo, pidiéndole que busca un teléfono en una agenda, ¡qué desfachatez! El caso es que esta señora, como no ha tenido nunca nada, se volvió muy adictiva, a cualquier cosa, buscando algo a lo que agarrarse...primero fue el café, luego la coca-cola, luego unos supositorios que contenían demasiados opiáceos pero que tardaron en retirarse de la circulación...Ha ido, a escondidas, pasando de unas cosas a otras...hasta que descubrió las máquinas tragaperras que abundaban en los bares de su zona, y se convirtió en uno de los personajes más famosos del barrio, ya que, a sus ochenta y muchos, se gasta la jubilación en eñ juego, en lo que supone su único entretenimiento, y, con suerte, su pizca de felicidad. Ahora también se ha obsesionado con la luna, se pasa las noches asomada a la ventana buscándola...han intentado explicarle las fases de la luna para que no se inquiete, pero por un oí­do le entra y por el otro le sale. Sigue exaltándose y cogiendo del brazo al viejecito alegre y locatis "mira, mira, la luna, hoy está, hoy ha venido" o preocupándose "se ha ido, se ha ido la luna, ¿dónde está? ¡no la encuentro!"...
En fin, roces de la convivencia...y la tristeza de la vejez.
¡¡Feliz navidad!!


gota a gota de: <*claraoscura*> / 2:00 p. m.

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