Tú no te acuerdas de nada.
No, tú vives y olvidas.
Sobredosis de experiencias
emborronan tu recuerdo.
Ya nada te deja huella.
Renuevas tu manta pecosa,
mudas de piel como serpiente.
Cuando tantos dedos, caras, palabras
han pasado por ti de puntillas,
de madrugada,
sin que hicieras nada por impedirles la entrada,
les das la espalda.
Vagan ahora sin descanso,
sin poder vivir en paz
en un rincón del paraíso del recuerdo
que todos guardamos y que tú prohíbes
-bajo pena de muerte-
Pasamos como cometas,
estrellas fugaces que no dejan estela,
semillas estériles en tu tierra.
De nosotros quedará, en todo caso,
el poso de sabor amargo
que dejamos por bebernos tan rápido.
A veces la impaciencia,
la prisa frívola o el precoz olvido,
dejan mal sabor de boca,
el aliento agrio,
amargo lo que dulce habría sido,
de ser más largo.