Es cierto que siempre pretendo tener la razón.
Sí, es cierto, aunque deteste reconocer
que tengo ese maldito defecto,
esa mente cerrada a admitir el error.
Es cierto que siempre me importa lo que siento
tenga o no tenga sentido,
pues aunque no tenga motivo
al menos es mío.
También reconozco que detesto
escuchar cómo critican lo que yo defiendo
y ver como alguien que me quiere
encuentra en mí algo que desprecio.
Llegados aquí,
no encuentro otra salida
que dejar la puerta abierta de mi vida
de par en par por si quieren marcharse.
Tal vez merezca la pena,
no lo sé,
perder de vista a alguien
que por no ser cobarde,
por escucharse,
acaba despreciándose.