A veces el mal humor te cierra los ojos y te vuelve sordo a todo lo que no alimente tu deseo de discutir. No esperas más que una señal para levantar la voz o afilar su tono, por mucho que, fugazmente, pienses que eso no hace sino enredarte aún más. Algo espeso consigue enmudecerte, y sólo algún monosílabo logra cruzar la frontera de la mala leche y salir al exterior. Aunque, claro está, lo escupes contaminado, y tampoco arregla las cosas. Cuánto ayuda, en esas ocasiones, un poco de distancia, un poco de auto parodia…darse cuenta de que lo que reprochas es lo que tú mismo continúas haciendo, de que eres tú el que coge el rotulador negro para seguir pintando el círculo vicioso…Con suerte, un segundo antes de caerse por el precipicio, tirando al otro con el peso de nuestro cuerpo colgado de su mano, alguien tira un guijarro al agua estancada donde chapoteamos, y nos despierta. Y, empapados de fango, salimos con esfuerzo de la charca, y tomamos el camino contrario al acantilado, deseando, al menos, que el sol seque el barro sobre nuestra piel y, resquebrajado, caiga al suelo.
p.d. si cedemos cada uno parte de nuestro territorio, acabaremos encontrándonos en la frontera.