No hay ya días de vino y rosas,
de euforia etílica y brumosa;
son estos días de whisky y espinas,
que clavas hasta el centro de tu carne,
que apuras hasta el fin de tu gaznate.
Dimites de tus cargas más ligeras,
rompes cartas, quemas libros, sentimientos
que antes daban forma a tu vida.
Has comprado cepos y candados
para que nadie llegue a tu soledad lluviosa,
para matarnos si intentamos atravesar tu frontera.
Te has convertido en cactus y en muralla,
en dardo de ida y vuelta que nos lanzas,
y vuela con sangre nuestra a derramar la tuya.
No es el día a día el que te hunde, no,
es la noche a noche que tú pintas de negro
que te da una guadaña por tu cumpleaños.
No es que se avecine el Apocalipsis, no,
eres tú que arrancas el resto de las páginas.
Has tirado nuestras fotos al cubo de la basura,
sólo permanecen las que dañan y amenazan.
Vaciaste la nevera de dulces y conservas,
y lo que hay en ella, está oxidado o mohoso.
Rompiste tu espejo en incontables pedazos
y ahora rompes con esquirlas tu piel blanca de niño callado.
Tal vez cortes mañana la línea del teléfono
y le jures al cartero que no existes...
Pero hay algo en mí que me asegura
que mi fe no será en vano,
que encontrarás un motivo
y sortearás
el que dices ser tu destino
y es tan sólo un desvío en el camino
del que arrancaste la señal de “prohibido”.